23.2.17

Cuánto recibe cada intendente de los Fondos de Infraestructura Municipal


Hubo una época en la que, como los medios tradicionales no se ocupaban de estos temas, este blog publicaba todo tipo de cuestiones relacionadas con la distribución presupuestaria, los fondos coparticipables y la mar en coche (?).

Con el tiempo, algunos periodistas comenzaron a ponerle el ojo a estas cosas, lo que a su vez provocó que la información disponible fuese cada vez mayor, estuviera cada vez más a mano y salieran informes mejores de los que hacía esta página.

En este caso, el colega Sebastián Iñurrieta (@sinurrieta) juntó la información sobre el Fondo de Infraestructura Municipal (FIM) y se tomó el trabajo de detallar el dinero asignado a cada distrito, con los nombres de cada intendente y el partido político al que pertenece.

Pueden leerlo en esta nota que publicó la edición de hoy de El Cronista.

22.2.17

El Túnel de los Remeros


La idea del Túnel del Bicentenario era buena, sobre todo porque venía a saldar un viejo reclamo de los vecinos que necesitan cruzar las vías del Mitre sin demoras, dado que las otras opciones para la conexión este-oeste de Tigre centro son ir hasta la Avenida de las Naciones (intransitable los fines de semana) o recurrir a las barreras de Marabotto y de Paso.

También es una salida rápida para los visitantes de sábado o domingo a la hora de pegar la vuelta: por Chacabuco se puede llegar hasta las subidas de Larralde o de 197, y tomar el acceso Tigre evitando la locura de la subida principal.

Estaba todo dado como para que fuera una obra moderna, útil y valorada, pero el apuro por sacarse la foto pudo más (que raro, no?) y a menos de seis meses de su inauguración tenemos este bodrio que no se puede usar si caen tres gotas o directamente se llena de agua hasta arriba cuando diluvia, convirtiendo en inundable a una zona que antes no se inundaba nunca.

No hay que ser ingeniero civil para darse cuenta que el tunel está mal hecho: la montaña rusa del Parque de la Costa es menos empinada que la bajada que uno toma si viene del lado de Cazón; además está mal señalizado (tenés que conocer la zona o ser adivino para poder ubicarlo), y de noche está mal iluminado (casi a oscuras).

Vamos Zamora (?), que usted puede gestionar cumpliendo los plazos de obra y no los del corte de cinta para la foto. Nadie (?) lo va a retar.





20.2.17

El secreto de Adrogué

(crédito foto)

Aunque esté lleno de chetos (?) no voy muy seguido, Adrogué me resulta un lugar bellísismo porque reúne algunas de las mejores características de los barrios que más me gustan: sus casonas de estilo victoriano invocan al barrio inglés de Hurlingham; las veredas copadas por arboledas añosas son parecidas a las del centro de San Fernando, y el empedrado de las calles nos hace acordar que no estamos tan lejos de Banfield.

Es todo tan lindo en Adrogué que por suerte (?) se avivaron de construir al Lorenzo Arandilla en un borde. Menos mal (?).

Sin embargo, todos aquellos que por algún motivo tuvimos o tenemos que ir cada tanto por ahí, solemos encontrarnos con un problema que la mayoría de las veces tardamos mucho tiempo en resolver: la desorientación que nos produce tener que rodear las plazas circulares (o casi circulares) que tenemos allí.

Indefectiblemente, toda vez que un forastero se encuentre con alguna de las rotondas que tiene Adrogué, se perderá. Y no hay GPS que valga. De hecho, recurrir a esa herramienta sólo empeorará la situación.

¿Por qué sucede esto? Porque las tres líneas directrices que cualquier vistante utiliza para ubicarse en Adrogué son diagonales: la avenida Hipólito Yrigoyen, las vías del ferrocarril Roca y (sobre todo) la avenida Tomás Espora. Tremendo, no?

Al revés que en La Plata, donde el extranjero toma como referencias las avenidas comunes y se desorienta al toparse con una diagonal, en Adrogué las diagonales son una especie de burundanga (?) urbana.

Por eso, la recomendación de esta humilde bitácora es que una vez que llegamos a la localidad cabecera de Almirante Brown, ya sea en auto o en tren, nos olvidemos del camino que nos llevó hasta allí (sobre todo si fuiste por Espora) y utilicemos como guía las avenidas Amenedo y San Martín, que nacen en la vía, muy cerca de la estación, y son rectas. Como Dios manda (?).

9.6.15

Duda Existencial XII


¿A partir de qué edad una mujer es veterana?

23.3.15

Permanente y sentimental de Walter Alvarez


Los recuerdos son una bola de voces.
Walter Álvarez

Verano del ’83. Conurbano bonaerense. Desde la terraza de una casa en Villa Tesei un niño de 11 años arroja discos de pasta. Es la hora de la siesta. Los padres están en el trabajo y el niño está completamente solo en la casa. No le gusta dormir la siesta. Entonces agarra un pilón de discos de pasta de su padre, la mayoría de chamamé melódico, y se escabulle a la terraza para lanzarlos de a dos o de a tres. Disparados al tuntún, sin plan, con ímpetu vengativo, los frisbees negros horadan el aire denso de la tarde.

Desde ahí arriba los ojos del niño abarcan mucho cielo salpicado por nubes con contornos de firuletes. Los cables del alumbrado público trazan sus designios eléctricos entre las antenas y los tanques de agua. En los canteros los lazos de amor estallan con el calor, abriéndose paso entre los malvones y esa planta pinchuda de florcitas rojas cuya savia es muy parecida a la plasticola; el niño no sabe el nombre.

En la tarde quieta de verano solamente él se mueve como un loco en la terraza, un Discóbolo de Mirón de los suburbios, totalmente sacado. Cuando amaina el frenesí, el niño se siente mal. ¿Y si alguno de los discos se clavó en el cuello de un chico que pasaba por ahí y le dio muerte al instante? ¿Y si la policía lo viene a buscar? Otro miedo, con un matiz premonitorio hasta entonces desconocido, lo embarga de repente: ¿Y si el niño no está verdaderamente muerto? ¿Y si sobrevive inexplicablemente, con el disco clavado al cuello, como uno de esos casos de “Créase o no” de Ripley? Será entonces un niño-espectro, andará tras él, pegadito como sombra, exigiéndole respuestas.

¿Cómo exorcizar los fantasmas de una tarde robada a la siesta para hacer cosas prohibidas?, se pregunta aquel niño de 11 años. La ocurrencia llega con la urgencia de una revelación: dibujará. Todo lo que pueda. Dibujará como una invocación. Dibujará paisajes que el niño-espectro podrá visitar para amortiguar el tedio de su destino límbico. De esta forma saldará su deuda. Y cuando queden mano a mano, probablemente, se harán amigos.

Es un mito de origen. Que la relación de Walter Álvarez con el dibujo haya empezado así, en esa tarde del 83, con un hipotético niño muerto a manos del chamamé. Y que desde entonces sus dibujos están impregnados de alucinaciones de siesta, de melodías tristonas y bailables.

“Soy un animal sentimental”, anota Walter en un dibujo. Y las anotaciones se cuelan entre imágenes de caballos, campos, mujeres, camas, vergeles, soldados, cielos, terrazas, antenas, tanques de agua, nubes y cataratas. Y se cuelan sin prisa, como quien tira del hilo de un recuerdo lentamente para arrimarlo al presente sin dolor: el nombre de una película de Torre Nilsson o Leonardo Favio, la estrofa de una canción de Violeta Parra, una anécdota de la pandilla de amigos, los números de la quiniela, cálculos que se parecen mucho a las cuentas de almacenero, efemérides de corte existencialista, el nombre de una mujer.

En los dibujos de Walter Álvarez la escritura contribuye a la creación de un humus melancólico, no del tipo sublime, a lo Sebald, sino más cerca de la memoria híper texturada de barrio de los relatos de Bruno Schulz, o de la ironía cándida de Felisberto Hernández (de hecho, las mujeres de Álvarez bien podrían haber salido de Las hortensias). La relación con la literatura no es casual: Álvarez -quien paradójicamente no se cansa de afirmar que es autodidacta- se formó tanto en talleres de artes plásticas como en talleres literarios. Puede que la insistencia en su autodidactismo no sea otra cosa que una declaración de principios: en una época donde los artistas se esfuerzan sobremanera por pertenecer a un círculo de influencia, por integrar una red de contactos haciendo los deberes diligentemente, Álvarez se mantiene solitario, ajeno al cálculo oportunista. Quizás sea la forma de preservar esa catarata primigenia de recuerdos de provincia e intuiciones de parajes ignotos que alimenta sus dibujos.

Después de todo, cuando dibuja, Walter Álvarez sigue siendo aquel niño de los suburbios, fuera de pronóstico, permanente y sentimental, que huía de la siesta hacia la terraza para lanzar discos de chamamé.

Texto: Verónica Gómez
Almagro, 15 de enero de 2015

Inauguración Jueves 12 de Marzo de 2015, a las 19 hs

CC Borges
Viamonte y San Martín - CABA
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