
Yo conocía un Puntero, hasta que pasó a tránsito. Ahí lo dejaron más de la cuenta, y el tipo se empezó a echar a perder.
Miranda era un jugador de toda la cancha, pero en el barrio, adonde llevaba todo lo que conseguía. Por ejemplo, los frescos para los comedores, en los que abundaban arroces y fideos.
Una vida de militancia tenía Miranda, y eso lo conocían todos. Por eso era respetado.
Raras veces andaba solo: por lo general lo acompañaban tres o cuatro de sus amigos, porque en Miranda la frontera entre amistad y política estaba un poco difusa. La gente con la que andaba (siempre se refería a ellos como "mi gente") eran casi todos amigos de su infancia. El grupo incluía algún que otro primo también, todos eficaces para la haraganería y el desánimo.
Miranda era todo lo contrario. Compartía, eso sí, la birra, el faso y la giladita con su gente, pero laburaba todo el día. De sol a sol.
Arrancaba a las seis de la mañana, con mate y galletas en la sede, que quedaba adelante de su casa. La sede era una vieja Unidad Básica que funcionaba en el local que estaba en el frente de donde Miranda vivía con Viviana, la madre de sus tres pibes (decir que era "su" mujer sería inexacto, dado que la Vivi no era de Miranda sino de otro, que no viene al caso).
Un día, como parte de pago por lealtad, el Intendente lo premió, haciendo que la Básica se convirtiera en "la sede": una delegación Municipal para repartir las viandas del Plan Vida, medicamentos del Remediar y alguna pensión extraordinaria. Pero fundamentalmente la sede servía para que los vecinos canalizaran de formas institucional todos los reclamos que antes llevaban a la Básica. A Miranda le causaba gracia, cuando la secretaria del Intendente le decía que algo era "institucional".
-No, al acto vayan sin los bombos, porque es "institucional".
A las siete dejaba las galletas (el mate lo acompañaba toda la mañana) y empezaba a recibir gente. Primero colaboraba él mismo con las entregas del Plan Vida, y después atendía todo tipo de pedidos, individuales y colectivos.
A media mañana arrancaba para el Municipio, donde se entrevistaba con alguno de los Secretarios del Intendente. Ahí resolvía los problemas y pedidos que le hacían a la mañana en la sede, o por lo menos los encaminaba.
Hasta las dos de la tarde se quedaba en la Muni, y después volvía a su casa para almorzar. Si hacía falta quedarse en la Muni hasta más tarde, porque algún Secretario se había demorado en recibirlo, se quedaba. De última, aprovechaba esos tiempos muertos para hacerse una escapada hasta el Concejo Deliberante, que estaba al lado, para manguearle alguna cosa a algún Concejal.
Los funcionarios del Ejecutivo eran comprensivos con Miranda, y tenían con él un trato de igual a igual. Los Concejales en cambio, le temían, y le daban cualquier cosa que pidiera, siempre en la medida de sus posibilidades.
Después volvía a la sede para almorzar y tener alguna reunión. Si no tenía un acto o una reunión de agrupación, más tarde iba al club para verse con los pibes ("su gente"). Esos eran más o menos los días de Miranda, una máquina de laburo.
Pero Tránsito lo mató. Al principio había pedido ir a la calle, porque iba a poder estar cerca de la sede yendo y viniendo, resolviendo quilombos, como le gustaba llamar a él a los problemas. Para colmo, la transición fue traumática. La Vivi no estaba preparada como para hacerse cargo de la sede, pero no le quedaba otra: era la persona en la que más confiaba. Podría haber sido alguno de los pibes, también, pero el Intendente los vetó a todos: "Ni se te ocurra dejar a uno de esos a cargo del local, porque en una semana salimos en los diarios".
Trescientos pesos por día, se llevaba Miranada con la cometa que le cobraba a los conocidos que iban a sacar el Registro sin necesidad de hacer la prueba. Ni eso lo motivaba. Sufría estar en ese lugar. Todo el mundo sufre.
Dos años estuvo en Tránsito, hasta que se terminó de municipalizar y se olvidó de lo que había sido alguna vez.
Se consiguió una pendeja (la hija de Mónica, una empleada del Jefe), y un día se fue del barrio para no volver nunca más.
La Vivi no lo lloró ni un poco.