
Hay un tópico clasemediero, uno de esos lugares comunes en los que cae la gente a medida que se va poniendo vieja y chota, que dice más o menos así: "cuando éramos chicos, podíamos jugar en la calle a cualquier hora, porque no pasaba nada".
Cada vez que escucho la frase, cuento mentalmente hasta tres, y luego en lugar de contestar, simplemente siento pena por la persona que repite, una vez más, ese caballito de batalla.
Sin embargo, también es verdad que en más de una ocasión pensé: Bueno, capaz que es cierto.
Pero si en todo caso fuera cierto ¿qué pasó? ¿Qué fue lo que ocurrió para que cada vez sean menos los pibes que deciden pasar sus tardes "en la calle"?
¿Será cierto, nomás, que antes "no pasaba nada" y ahora sí? ¿Y qué es lo que pasa?
Han habido cambios en los hábitos de ocio, seguro, pero la experiencia me dice que no todo debe ser culpa de la plei.
Hace un rato, fui hasta el Día que tengo más cerca de casa, para agenciarme de una mermelada con la cual untar los libritos que compré esta mañana en lo de Jorge.
Cuando volvía caminando, ya por las calles interiores del barrio (el Día, igual que todos los que hay en el conurbano, está sobre la Avenida), advertí que me estaba acercando a una discusión de vereda a vereda, que se producía entre un grupo de pibitos que tendrían entre 13 y 15 años (varios de ellos en bicicletas), y dos personas (hombre y mujer) que no tenían más de 40 años. El chabón estaba lavando una camioneta de esas Mercedes Benz tipo Trafic.
A medida que me iba acercando, pude oir cada vez mejor los gritos de la mujer y el hombre (su marido, supongo) en contra de los pibes que desde enfrente miraban desconcertados. Claro, me corrijo: no había tal discusión. En realidad eran estos dos, que gritaban como energumenos y repetían la oración "me tienen podrido". Los pibes, lo único que atinaban a hacer, era mirar y escuchar.
En eso, cuando yo estaba llegando casi a la esquina donde se desarrollaba el entredicho, el tipo que estaba con la mujer cruzó la calle con una llave cruz en la mano, muy valiente él, para encarar a uno de los pibes al grito de: -¿De qué te reís, pelotudo, de qué te reís, eh?.
El pibe se defendió con un balbuceó inentendible, mientras el energúmeno doblaba la apuesta: -¿De qe te reís, boludito? Mirá que te doy a vos, a tu viejo, y a todos los que vengan eh.
El pibe seguió defendiéndose en voz baja, insistiendo con que él no estaba haciendo nada.
Por esas cosas que tiene la vida de barrio un domingo a la tarde, la gente empezó a asomarse ante tanto griterío y alboroto. Recién ahí, al chabón le cayó la ficha.
Cuando se sintió observado por cuatro o cinco adultos (tres viejas que salieron a ver que pasaba, un viejo que venía caminando, y yo), bajó un par de cambios y dirigiéndose a todo el grupo de pibes (y no solamente al pobre infeliz que encaró al principio), aclaró:
-No me jode que estén enfrente de mi casa, pero no quiero que estén a los gritos y puteando.
Bajé la vista, hice gesto de "que hambre", y seguí el camino a casa con mi mermelada en la mano.
Cada vez que escucho la frase, cuento mentalmente hasta tres, y luego en lugar de contestar, simplemente siento pena por la persona que repite, una vez más, ese caballito de batalla.
Sin embargo, también es verdad que en más de una ocasión pensé: Bueno, capaz que es cierto.
Pero si en todo caso fuera cierto ¿qué pasó? ¿Qué fue lo que ocurrió para que cada vez sean menos los pibes que deciden pasar sus tardes "en la calle"?
¿Será cierto, nomás, que antes "no pasaba nada" y ahora sí? ¿Y qué es lo que pasa?
Han habido cambios en los hábitos de ocio, seguro, pero la experiencia me dice que no todo debe ser culpa de la plei.
Hace un rato, fui hasta el Día que tengo más cerca de casa, para agenciarme de una mermelada con la cual untar los libritos que compré esta mañana en lo de Jorge.
Cuando volvía caminando, ya por las calles interiores del barrio (el Día, igual que todos los que hay en el conurbano, está sobre la Avenida), advertí que me estaba acercando a una discusión de vereda a vereda, que se producía entre un grupo de pibitos que tendrían entre 13 y 15 años (varios de ellos en bicicletas), y dos personas (hombre y mujer) que no tenían más de 40 años. El chabón estaba lavando una camioneta de esas Mercedes Benz tipo Trafic.
A medida que me iba acercando, pude oir cada vez mejor los gritos de la mujer y el hombre (su marido, supongo) en contra de los pibes que desde enfrente miraban desconcertados. Claro, me corrijo: no había tal discusión. En realidad eran estos dos, que gritaban como energumenos y repetían la oración "me tienen podrido". Los pibes, lo único que atinaban a hacer, era mirar y escuchar.
En eso, cuando yo estaba llegando casi a la esquina donde se desarrollaba el entredicho, el tipo que estaba con la mujer cruzó la calle con una llave cruz en la mano, muy valiente él, para encarar a uno de los pibes al grito de: -¿De qué te reís, pelotudo, de qué te reís, eh?.
El pibe se defendió con un balbuceó inentendible, mientras el energúmeno doblaba la apuesta: -¿De qe te reís, boludito? Mirá que te doy a vos, a tu viejo, y a todos los que vengan eh.
El pibe seguió defendiéndose en voz baja, insistiendo con que él no estaba haciendo nada.
Por esas cosas que tiene la vida de barrio un domingo a la tarde, la gente empezó a asomarse ante tanto griterío y alboroto. Recién ahí, al chabón le cayó la ficha.
Cuando se sintió observado por cuatro o cinco adultos (tres viejas que salieron a ver que pasaba, un viejo que venía caminando, y yo), bajó un par de cambios y dirigiéndose a todo el grupo de pibes (y no solamente al pobre infeliz que encaró al principio), aclaró:
-No me jode que estén enfrente de mi casa, pero no quiero que estén a los gritos y puteando.
Bajé la vista, hice gesto de "que hambre", y seguí el camino a casa con mi mermelada en la mano.
































